17 abril 2011

Yo también se jugarme la boca

Ya lo dijo Aute hace mucho tiempo cuando, en el inolvidable concierto de “Sabina y viceversa”, le cantó a Joaquín eso de “el perdedor es su universo”. Quizá una de las pocas alegrías que pueden encontrar los perdedores natos, es tener como líder espiritual a Sabina. La victoria, de tantos padres como siempre tiene, acaba por perder encanto y puede llegar a resultar artificiosa. Sin embargo, sobre la derrota se reflexiona mucho más y tiene un punto melancólico que la hace interesante. Además cada una es distinta a la otra, y de todas se puede aprender algo. 

Como os podréis imaginar, la historia que cuenta esta canción es la de una relación de vencedores y vencidos; de sueños imposibles y crudas realidades. Para comenzar, se nos presentan a los dos protagonistas de este cuento sin perdices al final. Aunque eso no quita que seamos caballeros y permitamos que las damas vayan primero.
“Era el pez con mejores caderas
del mar de la moda,
se dejaba achuchar por cualquiera
(incluyéndome a mí),
sus palabras decían de memoria
lo que dicen todas,
sus pupilas contaban historias
para no dormir.”
No es la primera vez que lo digo, ni será la última, porque el uso que hace Sabina de las metáforas en todas sus letras es exquisito. En los dos primeros versos nos dibuja a la mujer de esta canción de manera única. El pez con mejores caderas del mar de la moda, complicado decir tanto con tan poco. A pesar de colocarla en un pedestal tan alto, inmediatamente después nos abre una rendija por la cual hasta el más vulgar de los peces tendría opciones de colarse. Desafortunadamente, a pesar de contar con los mimbres perfectos para ser distinta de los demás, sus palabras están tan vistas que acaban por hacerla vulgarmente común. Eso no quita que tenga historias por contar, como para quedarte una larga velada escuchándola, mientras el tiempo vuela sin hacerse notar. 

Hagamos ahora los honores necesarios, para que entre el caballero que está dispuesto a jugarse la boca.
“Yo era el último mono, un innoble
mirón solitario,
en las bodas algún pasodoble,
de suelto… ni hablar.
El perfume tabú de Chanel
y el cubata de Larios
no acostumbran buscarse un motel
cuando cierran el bar.”
Toda la grandeza con la que empezaba la anterior descripción contrasta con la tremenda humildad de esta. El último mono, ese al que no se le acercan en un bar más que para pedirle fuego o decirle que se aparte. El que todas las noches se vuelve a su casa con la cabeza gacha y las manos en los bolsillos, barruntando el por qué de su enésima derrota. Al principio intenta encontrar explicaciones, después busca culpables, entre los que siempre aparecen el destino y la fortuna; y finalmente acaba entonando (o más bien desafinando) el mea culpa. Esto ocurre, entre otra cosas, porque no tiene a nadie que lo intente convencer de lo contrario.
“Porque siempre hubo clases y yo
soy el hombre invisible,
que una noche soñó un imposible
parecido al amor.”
Dicen que las comparaciones suelen ser odiosas, pues en este caso lo son, y mucho; porque en esa clasificación que hace, se ve siempre con el farolillo rojo a cuestas. Hasta el punto de llegar a sentirse invisible para el resto, de tener que remar mucho para llegar a la misma orilla, a la que otros llegan dejándose llevar por la corriente.Cansado de estar siempre cavando en la isla del tesoro con el mapa equivocado.
“Compartimos la misma toalla,
distintos sudores,
todavía quedan islas con playas
color azafrán.
Fui su medio limón, su chéri,
su peor latin lover,
su lección de español, su desliz,
su comme ci, su comme ça.”
A pesar de todo, siempre hay unos minutos de gloria para todo el mundo, y en esta historia también ocurre. Eso sí, como ya os aventuraba, aquí nadie se va a comer las perdices al final del cuento. Lo que si ocurre es que el hechizo es efímero y nos vuelve a dejar reflexionando a nuestro hombre del traje gris. En esta ocasión rumiando lo que realmente ha sido para ella: su medio limón (la naranja aquí ni está, ni se le espera), su peor latin lover (es un arte que tiene lejos de dominar), su desliz (ni siquiera se atreve a calificarlo como un logro a destacar entre sus numerosos desencantos), su comme ci, su comme ça (si, pero no, esto no es para ti).
“Pero un día retiraron las mesas
y… hasta otro verano.
Las mejores promesas son esas
que no hay que cumplir
y… “viajeros al tren, que nos va-
mos”, me dijo un milano,
“flaco, pórtate bien, au revoir,
buena suerte en París”.”
Llegamos al final de la historia, que como no podía ser de otra forma, termina con una despedida. No habrá escena al estilo Casablanca, es más aquí se dicen verdades como puños sobre las mentiras piadosas de las que muchas veces se echa mano: “Las mejores promesas son esas que no hay que cumplir”. Tirar de discursos tan manidos no sirve de mucho para quien los ha escuchado cientos de veces. Es complicado ver la misma película una y otra vez, cuando ya sabes el final; y sobre todo, cuando ya sabes que no te gusta ese final.
“Porque siempre hubo clases y yo
no doy bien de marido.
Otra vez a perder un partido,
sin tocar el balón.”
Resulta admirable por otra parte que se siga teniendo esperanza, y se salte al campo con ganas de comerse el mundo luciendo impecable el traje; para comprobar como otra vez estás en el minuto 90, con el marcador en contra y sin haber podido hacer ni el saque inicial (del saque de honor mejor no comentar nada). 
“Porque el mundo es injusto, chaval,
pero si me provocan
yo también sé jugarme la boca,
qué te voy a contar.”
Hay un par de derechos que no se le pueden quitar a nadie, uno es el derecho a soñar y otro es el derecho al pataleo. Además suelen ir de la mano, porque siempre acabas pataleando cuando el sueño te explota en las narices. Eso sí, es digno de elogio que este perdedor universal nunca rehúse de jugarse la boca aún a riesgo de añadirle otra cicatriz más. 

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