12 noviembre 2009

La Canción de las Noches Perdidas


Si por algo se le conoce a Joaquín Sabina es por su ajetreada vida nocturna, a pesar de que ahora ya haya colgado el bombín, es una de sus señas de identidad. Una de sus canciones más célebres, 19 días y 500 noches lo corrobora. Seguramente gracias a ello, sus letras tienen esa fuerza y esa carga emotiva que sólo se puede encontrar en las barras de los bares a ciertas horas intempestivas. Esta canción es un claro ejemplo de ello, ya que bien podría ser la banda sonora de infinidad de personas.

Se trata de un blues, otro género más a incluir en su larga lista y otro motivo más para calificarlo de inclasificable en términos musicales. El acompañamiento musical de esta canción consigue transportarnos a una atmósfera que le viene de perlas a la canción, la letra con todas sus metáforas (acertadísimas como siempre) ya hace el resto.
“Esta es la canción de las noches perdidas,
que se canta al filo de la madrugada,
con el aguardiente de la despedida,
por eso suena tan desesperada”
Con estos cuatro primeros versos, ya tenemos lo que podríamos denominar como una sinopsis completa de la canción. Lo primero que hace es presentárnosla, de una forma bastante sencilla para a continuación hacer una descripción de la misma; descripción con la que ya vamos preparando el cuerpo. Sólo con leer el título, ya se nos vienen a la memoria la cantidad de noches que podemos considerar como perdidas. Se dice que los fracasos son más sonoros que las victorias, y por lo tanto, tendemos a recordarlos durante más tiempo y con mayor detalle. Algunos nos sirven para aprender, otro simplemente para lamentarnos y maldecir nuestra suerte. Tampoco es bueno guardarse todo, y muchas veces nos sentimos liberados cuando le contamos nuestras penas a alguien, aunque sea un completo desconocido. Esta es la situación que nos quiere presentar Joaquín en la canción, esa en la que los protagonistas son huerfanitos de calor que necesitan desahogarse mientras ahogan sus penas en alcohol. Esto siempre sucede en el ocaso de la noche, cuando el sol empieza a llamar a la puerta del bar; y suele ser una mezcla de desesperación y melancolía.
“Ven a la canción de las noches perdidas,
si sabes que todo sabe a casi nada,
a carrera en los leotardos de la vida,
a bola de alcanfor dormida en la almohada.”
Entramos de lleno en el maravilloso mundo de las metáforas sabineras, esas frases mágicas que la primera vez que las oyes no terminas de asimilarlas pero percibes que tienen algo especial, y cuando las lees detenidamente descubres lo geniales que son. Esta canción habla de ese momento en que todo te sabe a nada, donde no eres capaz de degustar los pequeños placeres de la vida porque estás un poco cenizo… Lo peor de todo, es que es una situación demasiado visible para los demás, como una carrera en unas medias, algo muy complicado de ocultar a menos que seas un gran actor.
“Y tiene nombre de mujer,
como la soledad, como el consuelo.
Los fugitivos del deber
no encuentra taxi libre para el cielo”

Por fin entra en escena la gran culpable de todo, con nombre de mujer, para más señas, Soledad. Esta es la compañera que tienen en común todos esos fugitivos del deber, todos los que huyen de sus obligaciones y se refugian en la barra del bar. Es curioso el ambiente que hay en la mayoría de las tascas, al principio de la noche es silencioso pero el ambiente que se respira es limpio, todo está en orden y la gente comienza a llegar con cuentagotas. Poco después la algarabía se apodera de ellos, la marea humana comienza a aparecer y la noche coge toda su fuerza. Finalmente volvemos al silencio inicial, pero lo que cambia es el ambiente; se vuelve turbio, raro, triste, y es cuando se empiezan a divisar a estos hombres solitarios a los que se les volvió a marchar el penúltimo taxi.
“Esta es la canción de las noches perdidas,
lleva un crisantemo ajado en la solapa,
se sube a la cabeza como ciertas bebidas,
se pega a la desilusión como una lapa.”
Seguimos incorporando adjetivos que terminen de definir esta canción, y aparece la desilusión. Siempre se comienzan las noches con mucha ilusión, con energías renovadas, intentando olvidar los fracasos del pasado o la situación actual en la que te encuentres. Sin embargo, todo se torna en decepción cuando alcanzas esas ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador, y te encuentras en la misma situación de siempre; bueno en la misma no, con una noche perdida más, con una noche menos en tu haber.
“Canta la canción de las noches perdidas,
quema como el gas azul de los mecheros,
sirve para echar vinagre en las heridas,
miente como mienten todos los boleros.”

Muchas veces no resulta de agrado hurgar en las heridas, pero nunca está de más soltar todo lo que se lleva dentro. Las confesiones a ciertas horas de la noche son mucho más interesantes, porque tienen un componente muy importante y muy escaso a su vez, la sinceridad. Desnudar el alma suele ser algo muy costoso y doloroso, pero de cuando en cuando conviene hacerlo para ventilar el corazón e intentar hacer borrón y cuenta nueva.
“Los fugitivos del deber,
no tienen más amor que el que han perdido”
“Los fugitivos del deber,
cogen su maldición y se la beben”.
Para terminar, me quedo con estos versos finales, y es que la metáfora de “los fugitivos del deber” me encanta. Es un término que abarca a multitud de personas, desde los más exitosos hombres de negocios, hasta los perdedores más infelices. Todos ellos tienen en común el lamento de esa noche perdida, de ese fracaso que no entiende de capitales, y de esa compañera que tampoco hace distinciones: la soledad. Me dejo para lo último lo mejor, como en las buenas películas. Coger tu maldición y bebértela es la forma más común, más fácil, más poética  y quizás la menos efectiva también de acabar con ella.


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