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15 mayo 2024

El Madrid Sabinero


Pongamos que hablo de Madrid fue solamente el comienzo de la historia de Joaquín Sabina con la ciudad de Madrid. Hoy, 15 de Mayo, día de San Isidro es un buen momento para arrancar una ruta Sabinera por la ciudad.

Madrid ha sido el dulce hogar de Joaquín, primero en su piso de Tabernillas y más tarde en la Plaza de Tirso de Molina. Esa plaza es el origen de varios viajes amorosos, uno lo hacía en metro recorriendo las estaciones de Sol y Gran Vía hasta llegar a Tribunal. Y el otro implicaba saltar el charco hasta llegar a Gonzalez Catán.

A los miembros de la banda del Kung Fu te los podías encontrar de camino a Lavapiés o siendo llevados a la Quinta de Carabanchel, a veces solos y a acompañados por sus colegas de Aluche o Entrevías. Esos macarras de los años 80, embutidos en un ceñido pantalón, cuya historia a veces terminaba con un ingreso en ese hospital conocido como “El Piramidón”.

En la ribera del Manzanares nos hemos sentido tan extraños como un pato y al mismo tiempo los corazones atléticos se han infartado en más de una ocasión. Hemos comprado suerte en Doña Manolita y nos hemos acurrucado a la sombra de un León, profundamente enamorados de la Señá Cibeles.

Una visita al rastro los domingos puede ser para comprar carricoches de miga de pan o para comprobar como tus viudas malvenden los derechos de amor. En la Glorieta de Atocha puedes conocer a alguien especial cuando aprieta el frío y a la mañana siguiente se puede perder en el trajín de la Gran Vía. Pero si avanzas un poco más y llegas hasta la calle Preciados puede que te encuentres tocando la guitarra a un tal Adán.

Por Vallecas todavía alguien te hablará de Barbie Superestar, en la Avenida de Alberto Alcócer se mantiene el secreto de la doble vida de Doña Inés y Don Antonio y en Concha Espina Guillermina sigue disfrutando de su ático y su Volvo.

Hemos escuchado muchas veces “de Madrid al cielo”. Los Sabineros sabemos que un piso en Atocha no queda tan cerca del cielo, pero que ese mismo cielo se puede pisar en un vuelo regular y que esta ciudad se encuentra a mitad de camino entre el infierno y el cielo.

Somos conscientes de que aquí la vida es un metro a punto de partir y la muerte suele moverse en ambulancias blancas. En Madrid hay infinitos rincones en los que dejarse la vida, no olvidéis que en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega y que al pirulí puede subir la imaginación.

Hemos llegado al final de esta ruta y solamente me queda decir que la mejor decisión que puedes tomar es bajarte en Atocha y quedarte en Madrid.

09 septiembre 2017

Yo me bajo en Atocha

Probablemente todavía Sabina siga sin poder explicarse como una canción en la que criticaba a Madrid, pudo convertirse en himno de la ciudad. Pongamos que hablo de Madrid fue uno de las primeros conejos que se sacó del bombín, y durante muchos años fue imprescindible en sus conciertos. Cuando el siglo XX, cansado, se acercaba ya a su fin, Joaquín volvió a regalarle a la capital del reino otra declaración de amor/odio. Quizá en el lugar dónde empezó todo, bajándose de uno de esos sucios trenes que iban hacia el norte, en la estación de Atocha. Estoy seguro que una parte significativa de los habitantes de la ciudad comparten esa estampa. Distintas épocas, algunos con maletas de madera y una gallina bajo el brazo, y otros con maletas de ruedas llena de tuppers maternos. 


 Con su boina calada, con sus guantes de seda, 
su sirena varada, sus fiestas de guardar, 

su vuelva usted mañana, su sálvese quien pueda,
 
 su partidita de mus, su fulanita de tal. 


 Maternos, detengámonos un segundo aquí, porque no es casualidad que Madre y Madrid compartan casi al completo su etimología. La ciudad es una madre, de una familia muy numerosa para más señas, en la que los miembros son muy variopintos. Pocos de ellos son oriundos de la capital, y poco importa para ser sinceros. Con el paso del tiempo, aunque sigan negando ser madrileños, acaban adoptando las costumbres que ella les va inculcando; tanto las buenas como las malas.


 Con su todo es ahora, con su nada es eterno,
 
 con su rap y su chotis, con su okupa y su skin,
 
 aunque muera el verano y tenga prisa el invierno
 
 la primavera sabe que la espero en Madrid. 



A una madre de vez en cuando se le pone mala cara, sobre todo en los primeros años cuando te coloca el plato de acelgas en la mesa; y te asegura que ahí seguirá hasta la cena si se te pasa por la cabeza esquivarlo. Esas acelgas también te las sirve Madrid, en un poblado catering que se extiende por la M-30; y también te asegura un menú parecido si te intentas escapar por la M-40. Con el paso del tiempo, se va asumiendo como un mal necesario y un tema recurrente para conversar en el ascensor.


 Con su hoguera de nieve, su verbena y su duelo,
 
 su dieciocho de julio, su catorce de abril.
 
 A mitad de camino entre el infierno y el cielo
 
yo me bajo en Atocha, yo me quedo en Madrid. 


 Algunas madres también han vivido la guerra, y eso condiciona su actitud ante la vida y sus reacciones ante determinados acontecimientos. Aunque de aquellos tiempos sólo tenemos documentos en blanco y negro, todavía hay demasiados amagos de darles color. Algo positivo si se hace con el propósito de enmienda, algo peligroso si se repiten los mismos pasos con distintos zapatos. Esta madre vio como dos hermanos, uno que cumplía años el 18 de Julio y otro que hacía lo propio el 14 de Abril, acabaron enfrentándose en distintas trincheras a pesar de haber comido cocido del mismo puchero.




 Con su otoño Velázquez, con su Torre Picasso, 
 su santo y su torero, su Atleti, su Borbón, 
 sus gordas de Botero, sus hoteles de paso, 
 su taleguito de hash, sus abuelitos al sol. 


 A una madre también se le niegan de vez en cuando manifestaciones públicas de amor, por culpa de
esa ridícula vergüenza. Algo de esto ocurre con Madrid, se le niegan muchas de sus virtudes y no se repara en críticas con sus defectos. Se le pide un plato caliente para cada vez más comensales (y más exigentes) y al mismo tiempo no se le perdona que no esté siempre vestida de manera impecable. Lo cierto es que, de puertas para dentro, y con la perspectiva analítica de los años se ven más grandes las cuentas del haber que las del debe.


 Corte de los Milagros, Virgen de la Almudena, 
 chabolas de uralita, Palacio de Cristal, 
 con su "no pasarán" con sus "vivan las caenas", 
 su cementerio civil, su banda municipal 


Una madre tiene acceso exclusivo a la varita que usa cuando se pone el traje de hada madrina y te deja con un palmo de narices. Madrid no tiene una Torre Eiffel ni un Big Ben, pero de repente Sabina te invita a pasear por El Retiro en otoño, y te encantaría parar el tiempo frente al Palacio de Cristal; o te presenta a la señá Cibeles y sueñas con dormirte a la sombra de un león. Galdós dijo que Madrid era un "poblachón manchego", curioso contraste para una gran urbe; y yo que vengo de uno (cuyo vino financió parte de la Puerta de Alcalá), puedo asegurar que el escritor canario estaba en lo cierto. A pesar de que a priori se podría pensar que no las tiene, la ciudad conserva sus raíces en numerosos rincones.


 He llorado en Venecia, me he perdido en Manhattan,
 he crecido en La Habana, he sido un paria en París,
México me atormenta, Buenos Aires me mata,
pero siempre hay un tren que desemboca en Madrid,
 pero siempre hay un niño que envejece en Madrid,
 pero siempre hay un coche que derrapa en Madrid,
 pero siempre hay un fuego que se enciende en Madrid,
 pero siempre hay un barco que naufraga en Madrid,
 pero siempre hay un sueño que despierta en Madrid,
pero siempre hay un vuelo de regreso a Madrid. 


 Una madre también es la primera en darse cuenta cuando su hijo está enamorado. Esa ley no escrita, pero si jaleada en los patios del colegio, de "los que se pelean se desean" probablemente encierre la fórmula secreta de Madrid. Muchos de sus residentes no pierden ocasión de atizarle sin piedad, pero conscientes de que esa ciudad invivible es también insustituible en sus vidas. A veces es necesario transitar por diversas ciudades y países, para poder llamar "mi casa" a Madrid con conocimiento de causa. Llevando el tema de los contrastes al límite, mientras hay gente que se moriría en Madrid, también hay quién volvió a nacer el primer día que la pisó.